lunes, 1 de abril de 2013

¿Cuándo acudir a un psicólogo?


¿Cuándo acudir a un psicólogo?

No existe una norma fija para determinar cuándo es el momento de acudir al psicólogo para solicitar ayuda, ya que un problema puede afectar de forma distinta a cada persona, por tanto es algo puramente subjetivo. De hecho muchas veces no depende tanto del problema en sí, como del hecho de considerar que no tenemos recursos suficientes para enfrentarlo o solucionarlo solos.

Debemos acudir al psicólogo cuando detectamos que uno o varios problemas bloquean, entorpecen o dificultan en exceso nuestra vida, inundándola de sensaciones desagradables y malestar, impidiéndonos gozar de sus aspectos positivos o placenteros.

En ocasiones, creemos que somos capaces de "salir de ésta" solos, y que lo único necesario es serenarnos y darle tiempo al tiempo. Pero a menudo, determinados problemas no se solucionan solos ni fácil ni rápidamente si no es con ayuda de un profesional.

Pedir es tan necesario como dar. No confundamos la autonomía o la autosuficiencia a la hora de gestionar nuestras vidas con la negativa a solicitar la ayuda de otras personas en un momento dado para conducir esas acciones a buen puerto.

Recordemos que la Salud, según la Organización Mundial de la Salud, es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no únicamente la ausencia de enfermedad.

 El psicólogo es, simplemente, un experto en salud mental que actúa como asesor y acompañante y que intentará ayudarnos a que consigamos (siempre por nosotros mismos y desde nosotros mismos)  mayor  bienestar y estabilidad, dotándonos de estrategias y herramientas útiles para manejar y solucionar los problemas presentes y prevenir o resolver los futuros, aumentando la seguridad en nosotros mismos, así como propiciando un mejor discernimiento en la búsqueda de soluciones y potenciando nuestra autoestima.




Algunos de los indicadores que nos pueden dar pistas sobre cuándo deberíamos buscar ayuda de un profesional pueden ser los siguientes:



  • Sentimos que la tristeza, la apatía y la falta de ilusión empiezan a agobiarnos y a emitirnos el siempre equivocado mensaje de que nuestras vidas carecen de sentido.
  •  Todo a nuestro alrededor lo percibimos amenazante y nos sentimos solos, incomprendidos o desatendidos.
  •  Pensamos que la desgracia se ha cebado en nosotros y comenzamos a asumir que todo nos sale mal y que las cosas no van a cambiar.
  •  Estamos atenazados por miedos que nos impiden salir a la calle, relacionarnos con otras personas, permanecer en un sitio cerrado, hablar en público, viajar, etc.
  •  Cuando el temor o la inseguridad nos impiden desarrollar nuestras habilidades y disfrutar de personas, animales y cosas que nos rodean.
  • El miedo a padecer graves enfermedades o contagiarnos de ellas nos lleva a conductas extrañas y repetitivas, de las que no podemos prescindir sin que su ausencia nos genere ansiedad.
  •   Nos sentimos "con los nervios de punta" y casi cualquier situación hace que perdamos el control y sólo sepamos responder con agresividad o con un llanto inconsolable.
  •   Nos damos cuenta de que fumar, beber o consumir cualquier otra droga, apostar..., se ha convertido en una adicción de la que no sabemos salir y que genera perjuicios importantes en nuestra vida o en la que de quienes nos rodean.
  •  El estrés empieza a mostrarse a través de sus síntomas psicosomáticos: insomnio, dolores de cabeza, problemas digestivos, cardiovasculares, sexuales...
  •   La ansiedad es una constante diaria, que impide la estabilidad y serenidad necesarias para mantener un pensamiento positivo, una conducta tranquila y el goce de los pequeños placeres cotidianos.
  •  Los silencios, los desplantes o los gritos sustituyen al diálogo, y los problemas de comunicación enturbian nuestra relación con los demás.
  • Las dificultades sexuales afloran y vivimos la angustia que causan la impotencia, la falta de deseo, y sobre todo, la imposibilidad de gozo y comunicación con la pareja.



Si finalmente decides realizar una consulta, recuerda que la ética profesional por la que nos guiamos los psicólogos nos obliga a mantener el anonimato, la confidencialidad y el secreto profesional de todas las conversaciones que se lleven a cabo y de toda la información recabada en cualquier momento de la terapia. Toda la información recibida, por tanto, se tratará respetando la total intimidad y privacidad de la persona que realiza la consulta.

Ir al psicólogo para intentar solucionar un problema no significa que debas acudir a su consulta “para siempre”, ni mucho menos que estés "loco". Estos son dos tabúes muy implantados que carecen de fundamento. De hecho, la gran mayoría de personas en algún momento de su vida tiene dificultades personales o problemas psicológicos, y además, la terapia se desarrolla durante un tiempo limitado y busca que el paciente logre su autonomía e independencia personal.

Cuando se tiene un problema físico de salud o alguna enfermedad, nadie duda de la necesidad de acudir a un médico especialista, realizarse pruebas diagnósticas y analíticas, y someterse al tratamiento pertinente, confiando en la capacidad y en la adecuada preparación del personal médico, y no avergonzándose por ello en la mayoría de casos.

Al igual debería suceder cuando sufrimos problemas o dificultades psicológicas del tipo que sean: confía en un profesional.

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